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Victor Rebullida

EDWARD HOPPER

EDWARD HOPPER La pintura de Edward Hopper me cautiva de una manera especial. Sus cuadros son la cotidianeidad hecha poesía o un destilado de lo cotidiano que muestra su poesía. Sus lienzos transmiten serenidad, en ellos no hay crispación ni drama, aunque en el estado de paz que sume a sus estáticas figuras es evidente también existe una inevitable sensación de soledad. Los protagonistas de sus pinceles siempre están solos aunque estén en compañía. Sus personajes parecen estar por encima del bien y del mal, con las mentes evadidas. Permanecen ensimismados en sus pensamientos ajenos a lo que hay en su alrededor. Puede llegar a angustiar tanta calma. También puede hacernos sentir cómplices de ellos y hasta cogerles cariño.
 
En sus pinturas, más que en otros casos, el espectador está más próximo a un voyeur que un simple observador. O estamos en un rincón de la habitación o en la acera de enfrente (“Nighthawks”), seguramente dentro de otro café en la misma actitud que los sujetos del enfrente, o tal vez en un asiento del mismo vagón de ferrocarril (“Compartment” o “Chair Car”). Pero Hopper nos coloca dentro de sus escenas cuando pinta entornos vacíos. Espacios tan prosáicos y ahora tan hermosos como una gasolinera (“Gas”), una línea de metro (“Approaching a City”) o una habitación desnuda de mobiliario (“Sun in an Empty Room”).
 
Y ese magistral empleo de la luz. La luz natural y la luz artificial. Escenas nocturnas y crepusculares bajo luz incandescente (“Night Windows”, “New York Movie” o “Summer Evening”) y opuestamente la luz del sol en sus cuadros a la orilla del mar con una iluminación perfectamente sorollesca (“Rooms by the See” –que es la que acompaña este comentario- o “The Long Leg”), o a la luz del amanecer (“Cape Cod Morning”, “Morning Sun” o “Western Motel”).

Hopper nació en 1887 en Nyack (Nueva York) y falleció en Nueva York el año1967.

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